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El dulce amargo olor de las mimosas

Hay personas que no sabes la huella que dejan en ti hasta que es demasiado tarde para apreciarlo. Es triste, pero así es la triste loca vida que llevamos. Personas que hasta que no viene una devastadora enfermedad como es el cáncer, no ahondas en sus matices, en sus peculiaridades en su porqués. Personas que una enfermedad te hace ver cómo son en realidad, cómo y cuánto te quieren y cuánto de ti, más allá de los genes, hay en ellas.

 

La Mimosa, esa planta que cada vez que la hueles sientes la

pérdida de alguien al que nunca llegaste a conocer, ese olor que inunda todo tu ser y te hace sentir un inmerso sentimiento de bienestar, de estar en paz con el mu

ndo. Ese olor que se apodera de cada milímetro de tu piel, y que hace sentir en tus neuronas que nada es infinito, que todo pasa, y que el Universo es algo más de lo que tus limitado ojos te dejan ver. La Mimosa, ese arbusto que pasa desapercibido a los ojos, pero cuando florece es una explosión de color y contrastes que la naturaleza pone ante ti para que disfrutes de su belleza.

Mi padre, amante del campo, de la siembra, del hacer con sus propias manos, de cultivar con cariño y  paciencia por el mero hecho de hacerlo y de sentir la grandeza de la naturaleza. Nunca entendí la devoción de mi padre por la Mimosa y nunca imaginé lo que su olor evocaría en mí.

Hoy paseando llegó a mí ese olor a paz, ese olor a sentimiento del poder universal, ese olor a energía más allá de lo que somos capaces de ver, ese olor a amargura del tiempo perdido que nunca volverá, ese olor a dulzura de sentir que la eternidad está dentro de cada ser vivo,  ese olor a MIMOSA. Posiblemente mi padre nunca supo que ese amor por la Mimosa estaba lleno de belleza, de feminidad y de fuerza. Seguramente nunca supo que a este arbusto se le denominaba “la planta milagro”, que era símbolo de la magnificencia, de la elegancia, de la ternura, de la amistad y de la energía femenina. Posiblemente nunca supo que sentir su olor me haría llorar y sentir su energía dentro de mí. Él no lo supo, ni yo podría imaginar que, más allá de las películas de Hollywood, hay una belleza colateral en todo lo que nos rodea, sólo hay que cerrar los ojos y sentir.

Raquel Iglesias Iglesias

 

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